23 nov. 2012

La vida entre fogones

Treinta y tantos y piensas que te quedan pocas cosas de la vida que ya no sepas... Te sacaste una carrera, trabajaste, diste calabazas, quizás te enamoraste, aprendiste a pisar con fuerza para no resbalar en la ducha, empatizaste con personas interesantes, te repusiste de grandes caídas, tal vez hasta te casaste (y te separaras) y tuviste hijos... De hecho, estás aquí, tirando o, mejor, viviendo.

El fin de semana pasado tuve la ocasión de hacer algo que deseaba hacía mucho tiempo: caldo casero. Sí, así de sencillo, o de complicado, y ¡qué bien me salió!
Siempre he tenido claro que me gusta cocinar, jugar con la alquimia de los manjares pero creo que hacerlo para uno solo no tiene el mismo sentido, ni es práctico y, además, sale más caro. Cuando vivía sola sí que me preparaba platos suculentos pero no formaba parte de mi contidianidad. Ahora, si de algo estoy disfrutanto en la situación en la que estamos es del hogar y de la pareja. Disfruto de ello y de compartir este camino con él. A pesar de haber iniciado nuestra historia en edades ya no tan "pueriles",como la adolescencia, en la que todavía la personalidad no está fraguada, sí que estamos aprendiendo mucho juntos, y eso me hace feliz. Estos pequeños detalles me hacen saber que cada minuto es importante y que nada se escapa de las manos cuando llega en el momento oportuno.
Se convirtió en todo un acontecimiento, y por la tarde tuvimos la visita de mis padres para saber cómo había salido... Y es que encima aproveché todos los recursos, como los de antes, como los "cocinillas", e hice croquetas con la carne del caldo. Y si además ves que tu madre te da el aprobado sobre el caldo, y a tu marido le gustaron las croquetas...

Y es que nunca dejamos de aprender, con ojo avizor en nuevas fases, con diferentes estados, así vivimos, a fuego lento pero con las manos en la masa.

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