6 ago. 2011

El mar, el cielo y yo

Hubo un tiempo en el que mis noches de lunes a jueves eran amenizadas por un programa de radio. Cada noche me disponía a dormir, no sin antes naufragar por Océano Pacífico, acompañada de la perfecta voz de la conductora que, entre fábulas metafóricas, poemas de Neruda y Benedetti entre otros, el sonido de las olas del mar y la banda sonora del programa, nos sumergía en una dulce travesía...

Hoy, aparte de echar de menos aquel océano, también echo de menos el vaivén del mediterráneo con el que he convivido cinco días. Y se hace más notable porque todavía ahora, en mi habitación, sobre mi cama, tengo la sensación de que sigo bailando al son del mar. Recién llegada de mi travesía entre Barcelona y Sóller (Mallorca) podría hacer balance de lo acontecido, siempre hay puntos más positivos que otros. Esta aventura prometía ser algo así como una introspección, un viaje hacia uno mismo y, a priori, no fue así. El guión no lo exigía así, pues el módico precio iba asociado a la convivencia con el capitán del velero, buena gente pero un personaje que quedaba lejos en mi exploración. También es verdad que, nada más lejos de ser un profesor, era el capitán y nosotras dos las aprendices de marinería...


'Tírale el cabo al marinero y luego lo amarras por debajo', 'bajad/subid las defensas', 'aduja el cabo para adrizar'... y órdenes del estilo, que primero eran desconocidas pero con las que, poco a poco, me fui familiarizando, y que junto al idílico entorno y en detrimento del hedor interior del barco, que chocaba con mi característico olfato, hicieron que el 90% del tiempo lo pasara en cubierta. Así que a ratos en cualquiera de las amuras y por las noches improvisando un camastro diferente pero siempre en popa. En estos casos conviene quedarse con los mejores momentos, y por ello he tenido una gran experiencia con el planeta, en medio del mar, 360 grados de horizonte y un cielo bañado de azul por el día, y por las noches salpicado de estrellas, que me han hecho sentir muy afortunada y en esos momentos la única habitante de la tierra.
Guardias de cuatro horas que permitían ser testigo del amanecer (ida) y del anochecer (vuelta), y también de tener conversaciones a solas, purificar y serenar el ánimo. Sin olvidar la lluvia de estrellas fugaces a su paso por el cielo, que nunca imaginé poder divisar en mitad del mar. Así me pasé mis horas de guardia de pie entre el través y la aleta estribor, vigilando el infinito de alrededor y el movimiento de la botavara para no ser golpeada por ésta.

¿Y cómo no? no podía faltar la sumersión, el baño, el buceo en ese agua que me hace sentir viva y realmente parte de la biosfera. Este regalo tuvo lugar en el Torrent de Pareis, donde anclamos a cierta distancia de la cala y a unos cuantos metros de profundidad, pero el color azul era tan intenso y claro a la vez que parecía magia y ahí estaba yo, dentro...

Por último, pero no por ello menos maravilloso, más bien por seguir un orden cronológico, llegó el momento "Titanic en proa", de surcar los mares simulando una vela más del barco, sintiéndote la reina del mundo... En ese momento lo era.

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