26 ene. 2011

¿Cada santo tiene su novena?

El pasado domingo, mientras hacía el aperitivo, disfrutando del sol barcelonés y con el gélido frío que volvía a aparecer, esta vez seco, irrumpía a través del móvil una mala noticia. Eran mis padres, algo extraño a esas horas, para decirme que a una vecina de las de toda la vida le había dado un derrame cerebral y estaba en la UVI. La desagradable nueva me dejó mal cuerpo, obviamente, mas mi cabeza no respondió del mismo modo.

Una mujer de unos 65 años, complexión fuerte y, de apariencia “muy flamenca” y espabilada. Vecina de enfrente, la recuerdo desde que tengo uso de razón, ella a mí desde que nací. Aunque uno no quiera, el ir y venir durante toda una vida crean afecto hacia esta clase de personajes del barrio, pero esta historia tiene una vuelta de tuerca.
Mi buena educación, cordialidad y ese afecto me han hecho saludarla siempre alegremente, también consolarla con mi pésame en las pérdidas de su hijo y marido pero, la verdad sea dicha, mi mente nunca lo ha compartido. En el relicario de mi lóbulo frontal residen borrosas vivencias, que se han esclarecido con los años, que la desenmascaran: ha sido mala persona.
Cuántas veces se lo he puesto de manifiesto a mis padres… Si a cada momento que me cruzara con ella viniera a mi memoria todo el mal que hizo a unas de las familias más buenas -y que más he querido- del barrio, no le dirigiría una sola palabra, pero como no ha sido así, he ahí mi corazón que, por lo visto, puede más que mi razón. Y es que soy una completa dualidad en mí misma, y supongo que todo el mundo en mayor o menor medida, pero hoy es uno de esos días en que es más latente.
No quiero el mal de nadie, o quizás el de algunos sí… En serio, no le deseo la muerte a mi vecina, bien lo sabe Dios, o como quiera que se llame, pero si bien no me alegro y tengo pena, también hay algo en mí que me dice que quizás exista la justicia vital o, más coloquialmente, a “cada cerdo le llega su San Martín”. Me siento fatal, siento ganas de llorar pero no sé si por ella o más por la familia a la que hizo tanto daño. Al fin de cuentas, uno se muere hoy y se supone que descansa, pero el que sigue vivo continúa padeciendo las heridas de ayer.

He llamado a mi madre para ver qué sabía de ella. Todavía está en la UCI, después de operarla sufrió una embolia. Pasará lo que tenga que pasar.
¿Dónde está el límite de los buenos y los malos sentimientos? Yo no lo sé, ni me considero juez y parte para ello.

3 comentarios:

  1. Aish... es que cuando pasa algo así una se siente mal por pensar "se lo merece!" por mi cabeza no paran de pasar pensamientos como "seré mala persona por pensar eso?"
    Y luego me siento culpable todo el día por haber pensado tal crueldad(o no), quien sabe..

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  2. no hay límite. Llamémoslos SENTIMIENTOS a secas, ni buenos ni malos.

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  3. ... sentimientos... Me gusta!
    Gracias chicas!!!

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